miércoles, 3 de mayo de 2017

Reflexiones sobre la actualidad y sobre el futuro

Allá en la ingenuidad de mi adolescencia sentía una profunda vocación de volcarme hacia la revolución tecnológica que asomaba tras la irrupción de la multimedia y la difusión de internet. Me devoraba con pasión lo que encontraba a mi alcance en las revistas, en las bibliotecas. Recuerdo vivamente una reflexión que hacía el editor de la revista Users a un libro sobre Internet acerca de lo que podría brindarnos esta tecnología automatizante: más tiempo libre para nosotros al ocuparse de varias de nuestras tareas.
Eso que parece hasta estúpido hoy, donde la tecnología es un elemento más de la maquinaria competitiva capitalista, donde incluso pasamos a dedicarle nuestro tiempo de ocio, más aún, su irrupción en nuestras relaciones y hasta en nuestra intimidad; en definitiva, en la época donde nuestra vida parece haber sido arrebatada por la tecnología, bien merece un examen más detenido y a la vez, más amplio. Necesitamos situarlo realmente en su contexto para ver que no es descabellado el planteo en teoría sino que son las condiciones actuales las que le quitan toda posibilidad concreta.
¿Acaso no vimos aumentar la productividad e incluso disminuir la necesidad de acción humana en miles de tareas?
Sin embargo, en vez de aprovechar estas innovaciones para aliviar nuestro trabajo y disfrutar de mayor tiempo libre, vemos que estamos más recargados de tareas que antes e incluso obteniendo menos beneficios.
Claramente hay unas reglas de juego que no funcionan para el disfrute y el goce de la vida sino todo lo contrario, no hacen más que multiplicar las tareas y lo único que distribuye es la infelicidad.
Es el sistema actual el que no funciona, porque es inhumano, violento, destructivo. Está imbuido de un ritmo frenético que no solo no se detiene sino que se acelera cada vez más. Introduce constantemente cambios en el medio con una velocidad tal que ya ni siquiera el planeta puede asimilarlo. Es el comienzo del fin, no hay duda que pasamos el punto de retorno hace​ rato y nos encaminamos al abismo.
La crisis ya es global y ya generó varias contrapartidas en los últimos siglos. En la actualidad, se empiezan a distinguir con mayor claridad los distintos polos: por un lado quienes pretenden continuar con el statu quo, pretendiendo que van a poder continuar sosteniendo este régimen que se torna cada vez más controlador, manipulador y represivo; por otro lado, quienes toman conciencia de la necesidad de un viraje que permita retomar el rumbo o al menos que nos permita reestablecer el equilibrio roto, tanto a nivel humano como planetario.
Miles de frentes de batalla ya se han desplegado hasta en lugares y por medios que hasta no hace mucho eran inimaginables. Con mucho, la realidad supera ya a cualquier ciencia-ficción que nos alertara al respecto.
El extremo de la tergiversación tecnológica está en su uso para destruir, infundir miedo y diseminar el terror; para desactivar cualquier posibilidad de rebelión o verdadero cambio, por todos los medios posibles, sin ningún miramiento ético. Hoy se miente, engaña, aterroriza, manipula, se lavan cerebros con una eficiencia que envidiaría la mismísima élite de cualquier época pasada. Ni la propaganda nazi, ni los servicios de espionaje de la guerra fría ni la peor dictadura que haya existido contaba con algo ni siquiera cercano a lo que los dueños actuales del mundo cuentan en la actualidad. Sus ejércitos no solo incluyen drones sino miles de reclutas que se dedican al juego sucio en las redes sociales: así ganó Obama, así ganó Trump, así también Macri. Miles de personas empleadas para influenciar y manipular a otras personas. Lo mismo que los grandes medios de comunicación, vendidos hace rato al mejor postor.
Pese a esta poderosísima ofensiva, siempre hay algún resquicio para la disidencia, aparecen día a día voces disonantes, miles de alternativas a la locura planteada desde el mainstream. Es que por más poderosos que puedan ser, no pueden tapar el sol con el dedo. Sus mentiras chocan enseguida con una realidad que nos golpea en la cara nomás asomarnos a la puerta. Por más que no lo quisiéramos ver, su presencia nos penetra por cada poro de nuestra piel, la verdad está en cada uno de nosotros tan instalada que cualquier manipulación sostenida en el tiempo nos conduce directamente a la locura.
Por eso hoy nadie puede tragarse esos cuentos sin pagar un terrible precio a cambio. Es lo que vemos a diario, una batalla constante sostenida por cada persona que se mantiene expectante. A diferencia de otras épocas, nadie puede quedarse al margen ni ser un simple espectador. El barro esta vez nos salpica a todos.
Época de crisis, de las grandes. Somos protagonistas de un cambio de era, donde nada volverá a ser lo que era, donde probablemente el mundo tal como lo conocemos se transforme en otro totalmente distinto. Sin embargo, si hay algo que dudo vaya a cambiar demasiado es el ser humano. En esencia, sigue siendo ese temeroso simio que se extravió del bosque.

domingo, 9 de abril de 2017

violencia psicológica

Si bien en mis relaciones he tenido discusiones, malos momentos y demás situaciones desagradables, siempre me cuidé de no caer en la tentación del aprovechamiento y la manipulación. Tuve muchas oportunidades de continuar cómodamente en una relación, obteniendo de ella lo que a esa altura claramente era lo único que podría sacar de valor, pero preferí siempre ser honesto. No por bueno ni moralista, me refiero al hecho de vivir relaciones genuinas, que me gratifican; lo contrario sería traicionarme a mí mismo.
Sencillamente no podría vivir en una mentira, como de hecho veo muchos que sí lo hacen. Soy un espíritu libre y eso significa también actuar responsablemente y no recargarme con las sofisticaciones de las falsedades y las mentiras. No entiendo cómo algunas personas pueden sobrellevar semejante carga, si supieran cuánta energía le están dedicando a algo que en definitiva les hace daño y que a la larga no beneficia auténticamente a nadie.

La violencia de género, todos lo sabemos, se cobra todavía miles de víctimas debido a las agresiones físicas e incluso a los femicidios. Pero esto solo es la punta del iceberg. Además de una larga cadena de responsabilidades que está en cuestionamiento (con especial foco en el Estado, en todos sus órdenes) hay otras formas de violencia que, por ser cotidianas, hacen incluso más mella en la integridad de las personas. Me refiero a la violencia psicológica, como le han dado en llamar, y es precisamente por eso que comencé hablando de mi propia experiencia. Al pasar los años y tomar conciencia, me he dado cuenta que en algunas ocasiones incluso he caído en esta vil práctica de degradación, al calor de alguna situación conflictiva. Por tratarse de frases, de caer en lugares comunes, no me fue tan difícil cambiar mi actitud, la docencia realmente me ha obligado a mejorar mi conducta en general y estaré eternamente agradecido por ello.

El problema no estriba aquí en un simple maltrato verbal (que de hecho, ya sería un acto de violencia) sino en una conducta que sistemática y persistentemente manipula, ridiculiza, degrada, aterroriza, domina. Por supuesto que para lograr esto va a recibir señales de la otra parte, esto no es algo universal o aplicable a cualquiera pues sino sencillamente se trataría de violencia. Quien ejerce la violencia psicológica debe sentirse seguro, para eso busca la víctima que encaje en sus necesidades. Por eso comenté al principio el tema del aprovechamiento, esto sucede porque esa persona ya lo ha vivido y repite esa conducta conmigo, simplemente reemplazando al victimario.

En una sociedad machista como la nuestra, es claro que las mujeres y cualquier hombre que no se identifique con la heterosexualidad son los blancos preferidos. Lamentablemente, una de las tareas de cualquier hombre que se precie es precisamente combatir en su fuero interno contra los dictámenes machistas que asimiló en su vida para no convertirse en un victimario más. Esto tampoco es imposible, más bien se trata de concebir a la mujer o a la persona transgénero (según cada caso) como otra persona esencialmente igual a mí pero que acarrea una pesada carga social, por lo cual estaremos equilibrando la situación todo el tiempo. Esto a la larga evitará perjudicar tanto a uno como a otro si ambos tenemos otra visión acerca de la relación, más colaborativa que competitiva.

Por el contrario, quienes simplemente reproducen los dictámenes sociales que les inculcaron (comenzando por su hogar) van a ser más proclives a caer en algún tipo de violencia psicológica. El enemigo número uno, como siempre, es el miedo devenido en terror. El miedo en sí mismo es un mecanismo de defensa, como una alerta de peligro, pero lamentablemente ha sido explotado desde tiempos inmemoriales para generar terror, agudizando la angustia y la desesperación, provocando atrocidades y calamidades de público conocimiento.

Cuando el miedo de otra persona es manipulado hábilmente, puede lograrse quebrar su voluntad incluso sin causar mayores sobresaltos. Esto es algo que se hace desde hace décadas con las publicidades y las propagandas. Así como pueden generar o modificar hábitos de consumo u opiniones políticas, en el ámbito de las relaciones personales permiten a una persona obtener el dominio de otra. El miedo, recordemos, está presente tanto en quien es dominado como en quien domina. De hecho, todo aquel que recurre a este grado de violencia en realidad la ha sufrido antes en carne propia, probablemente en su más tierna infancia.

Estamos nuevamente ante el origen de la reproducción de la violencia. Otra vez llegamos a un atolladero, pues en estos casos poco o nada se hace hoy por las víctimas de este tipo de violencia. Lo peor es que muchos son parejas con hijos, los cuales también inevitablemente son víctimas, indefensas. Así, lejos estamos de disminuir este flagelo, pese a todas las campañas y marchas.

Cuando decimos que se trata de una cuestión social, deberíamos recordar que la base de ésta son las relaciones y que su núcleo, aún cuando disfuncional, es la familia.