sábado, 26 de septiembre de 2015

Las trampas de las consignas en la educación

 
Esta imagen recurrente en las redes sociales reclamando una educación adaptada a cada educando, para evaluarlo según sus capacidades, me llamó la atención por lo que propone. A primera vista, no podría sino estar de acuerdo.
Sin embargo, esta forma de pensar tiene una severa trampa: la adaptación es una parte fundamental en la supervivencia de las especies y la nuestra no es la excepción. Pretender adaptar todo a cada alumno no sólo es impracticable en el sistema educativo formal (requeriría un docente cada dos o tres alumnos) sino que acentúa aún más las diferencias y las especialidades. Es lo que se viene haciendo, de hecho, desde la formación académica universitaria donde uno puede ser un experto en algo muy específico y un nabo total en la vida. Hoy estamos llamados a integrar varias áreas, se habla de de trabajar interdisciplinariamente, pero como siempre desde las palabras, no desde la sabiduría. La sabiduría requiere investigación, estudio, mucho trabajo, pero también experiencia, de hecho no es más que sacarle provecho a esta última a partir de la reflexión. Quien no sabe lo que es dar clases, quien no cuenta con la enriquecedora experiencia (que cuesta más de un dolor de cabeza y enormes dosis de paciencia y de amor por esta noble tarea) puede caer más fácilmente en estas frases hechas. Lo que dice Einstein, según esta publicación, está equivocado en el primer punto. Todo el mundo no es un genio pues la genialidad requiere de desarrollo, aunque nos acostumbran a creer lo contrario, y no todo el mundo se desarrolla de la misma forma. Lo que debería decir es que todos somos seres inteligentes, en el sentido actual del término que acepta una multiplicidad de variedades de inteligencia. No es lo mismo ser inteligente a ser un genio. Por otra parte, el genio sabe que es capaz de "subir al árbol" pero se resiste por convicción ante una consigna que le parece estúpida. Hoy hablamos de "salir de la zona de confort" como necesario para crecer. Entonces, si nos quedamos con esa resistencia y nada más, no salimos de la zona de confort, ergo difícilmente haya aprendizaje. El aprendizaje lo vemos a partir de ese deseado crecimiento, pero es algo que debe ser puesto a prueba para confirmarse, de allí la necesidad de evaluar. Sería ideal una autoevaluación, pero en el caso de adolescentes (menos aún niños) es necesario una evaluación propuesta, por supuesto acorde a sus capacidades.
La segunda falsedad es acerca de las supuestas diferencias tan abismales entre las capacidades de los alumnos. La frase se contradice de plano al afirmar que TODO el mundo es un genio y luego acentúa en una diferencia que es inverosímil (a menos que la evaluación sea un absurdo total al estilo del gráfico) y que de hecho no es así en la realidad. La carga genética está ultravalorada y en la práctica tiene una mínima incidencia en estas diferencias, por lo cual son casi en su totalidad producto de las diferentes crianzas de cada uno, de cómo se forjó cada alumno. La escuela intenta equiparar esas diferencias y lograr inculcarles contenidos básicos que considera esenciales para la vida cotidiana o como base para la continuación de estudios. A esto me refiero con adaptación. Los seres humanos creamos un mundo tremendamente sofisticado, creo firmemente que no somos conscientes de lo complejo de nuestro mundo artificial, de nuestra forma de vida, de todas las demandas que pesan sobre cada individuo para tan sólo integrar una comunidad, una sociedad. Además del manejo de un complejo lenguaje, el cual hay que comprender de manera oral y escrita solamente para poder comunicarse, existen un sinfín de conocimientos que nos son indispensables para interactuar con el medio en el cual vivimos. Y eso lo tiene que hacer cualquier persona, pues de lo contrario depende de otra que sí lo haga. Hoy hablamos de otros tipos de alfabetismos, es un concepto muy acertado dado su implicancia en el mundo real. Por supuesto, la escuela enfrenta el desafío de seleccionar los contenidos que considere fundamentales para impartírselos a los niños y jóvenes, está supliendo en realidad una tarea formativa que recalaba en la familia. La escuela es una institución y como tal es mucho más genérica que la familia, lo cual ya presenta un obstáculo insalvable en la propuesta.
Finalmente, creo que hay una confusión generalizada acerca del rol de la escuela en torno a la educación. Desde las últimas décadas asistimos a una simplificación muy peligrosa acerca del ámbito educativo, que en muchos casos se torna reducción, de la educación a lo realizado por las escuelas. Esto tiene que ver con un fracaso de las políticas de Estado y con la consigna de "la escuela como transformadora de la sociedad". Esto ya lo traté anteriormente y excede a este comentario, pero insisto en la falsedad de este precepto por exagerado y porque es producto de una visión romántica de la educación que le viene como anillo al dedo a los gobiernos de turno.
La sugerencia de siempre es revisar esas capacidades y habilidades que demuestra el niño (recordemos que habitualmente no mostramos todas) para tener en cuenta a la hora de proponerse metas y por consiguiente de evaluar lo conseguido. El resto es estúpido, al decir de Jaime Barylko, por ser simple repetición sin pensar.

La importancia del control

Hoy encontré esta foto en un post de la famosa red social:
 

y entre los comentarios, había uno con una respuesta, que reproduzco a continuación:

Puesto en contexto, reproduzco aquí mi comentario:

No creo que sea un comentario sin sentimiento, quizás duela la cachetada que da, pero tiene toda la razón. Este niño no salió de un buzón sino de un padre y una madre que, si están en argentina, en la práctica pueden hacer lo que quieran con él. Nuestro hermoso país sufre tanto de excesos fascistas como de excesos liberales, este tipo de exceso pertenece a estos últimos. Hay un enorme vacío con respecto a la paternidad, una enorme confianza en lo que los padres van a hacer con sus hijos (lo cual está bien como expresión de deseos pero no como ley, como obligación a cumplir) y el resultado está a la vista. Es mucho peor, ya que no se trata de padres indigentes que no deberían tener más hijos, se trata de personas de cualquier clase social que se encuentran incapacitadas para ser padre/madre. Soy un convencido que la paternidad/maternidad es la actividad más importante que podemos desarrollar como personas, pues se trata de criar y formar a las próximas generaciones (es falso el rol que se le asocia a la escuela, la base educativa se brinda desde los roles paterno/materno) y hoy, al igual que los cargos políticos, está en manos de cualquiera. Es un hermoso principio que todos tengamos la posibilidad de dedicarnos a la política o ser padres, pero en la práctica tendríamos que asegurarnos que quienes lo hagan estén capacitados para hacerlo. Si queremos una sociedad mejor necesitamos poner lo mejor en las áreas claves y la única manera es a través de la exigencia, como todo en la vida. Si no voy a ser capaz de criar a otra persona pues no debería hacerlo, esa es la falta de conciencia de muchas personas que generan a la larga más y más problemas evitables. Por otro lado, cuando el niño nació y todo esto perdió el sentido, debería haber una exigencia sobre cómo llevar adelante esa paternidad/maternidad para asegurar mínimamente la crianza del mismo. Pero este es el país del des-control, a nadie le gusta que le vengan a decir cómo tiene que hacer las cosas (tema para psicólogos que excede al referido) y creemos equivocadamente que todos vamos a hacer las cosas bien. Grueso error que estamos pagando muy caro. Yo creo que el Estado sí tiene que meterse MÍNIMAMENTE en nuestras vidas y controlar cuestiones claves: la nutrición, salud física (no las vacunas) y psíquica DESDE CHICOS. Controlar en el sentido del control o chequeo médico, no para imponer sino para que seamos conscientes de lo que estamos haciendo con esa otra vida (y con la propia). Como docente es la única manera de saber dónde estoy parado con respecto a mis alumnos, es imposible acordarme de todo, por lo cual este seguimiento se vuelve imprescindible. Los mismos chicos se desengañan de ideas equivocadas que tenían respecto a cómo venían desenvolviéndose en las clases, ¡imagínense extendido a la vida cotidiana! Sería la base de la prevención de un montón de problemas, enfermedades, adicciones e incluso fatalidades.
Ahora bien, si yo quiero ser libre, debería aprender a independizarme del control externo y llevarlo adelante por mí mismo, es decir, el autocontrol, la autodisciplina. Quienes logramos desarrollar estas capacidades nos damos cuenta que estos controles que propongo no son tan imprescindibles ya que los llevamos por nuestra cuenta, es parte de la toma de consciencia acerca de nosotros mismos. Pero mientras tanto seamos tan pocos, como de hecho lo somos, el control externo continua siendo necesario. Hoy lo es y debería implementarse cuanto antes, como parte de una planificación a muy largo plazo en la cual, muy paulatinamente y de acuerdo al progreso en la toma de consciencia por parte de la población, se iría flexibilizando para adaptarse a la realidad de ese momento.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Sociedades (in)maduras

Qué decir que no se haya dicho ya sobre nuestros comportamientos sociales. Que nosotros mismos somos un reflejo de la sociedad en la que vivimos, pero que ésta a su vez refleja lo que somos en relación a los demás. En fin, hablar de sociedades es hablar sobre relaciones y ante lo dinámico y cambiantes que éstas son, bien vale agregar algo sobre nuestra actualidad que de paso nos ayude a comprenderla.
Al parecer el mundo se horroriza con las guerras en el mundo árabe, con los miles de inmigrantes y con las actitudes xenófobas de ciertos europeos. Nuestra presidente dice  solidarizarse con los sirios y les extiende generosamente su mano. Por otro lado, se niega a recibir a su propio pueblo, a las comunidades originarias que vienen reclamando por sus derechos avasallados por los propios integrantes del movimiento kirchnerista en el gobierno. Se chicanea con su enemigo (político) declarado Macri por la corrupción, por la demagogia, por el fraude en Tucumán, en fin por todo lo que puedan con tal de estar siempre presentes en las mentes de los argentinos. Así de paso el resto cree que esas son las únicas opciones. En el resto del mundo se aplica la misma lógica para que este sistema capitalista moribundo continúe en pie.
Al parecer son los políticos el problema, aunque desde décadas sucede lo mismo. Muchos creen que quienes llegan al poder se transforman, como si se corrompieran por culpa de él. De esa manera la culpa siempre es del otro, nos absolvemos de culpa y cargo. Sin embargo, cada vez que podemos le escapamos a los controles,  los detestamos porque creemos firmemente que no son necesarios, que a los que hay que controlar es a esos corruptos conocidos. Como pasa con Niembro, un periodista famoso acusado de estafas millonarias conjuntamente con funcionarios macristas de la capital argentina. Si la evasión o la estafa ocurre en el ámbito privado no nos interesa, da la impresión que incluso está permitida (aquí me pregunto para que tanto código comercial y civil, para qué tantas leyes y reglamentaciones, quizás para que sigamos jugando a evitarlas) e incluso desde la óptica capitalista es hasta bienvenida.

Pero los argentinos somos campeones en sacar el cuerpo, en mirar para otro lado, en hacernos los distraídos cuando nos conviene. Los argentinos, al revés de lo que propongo desde este blog, no nos hacemos cargo.
Por eso decido hacerlo en nombre de todos, lo que no significa que me hago cargo de algo que de hecho no soy.

Los argentinos somos tramposos. Nos encanta hacer trampa incluso jugando, pero aún más en la vida real, en todos sus órdenes. Qué va, si hasta somos campeones en hacernos trampa a nosotros mismos.

Los argentinos somos veletas.  Como buenos tramposos, nos acomodamos lo mejor que podemos a las distintos vaivenes de la realidad y vamos para donde más nos convenga. Eso sí, no sin antes urdir alguna estratagema que nos habilite tal ardid.

Los argentinos tenemos memoria a muy corto plazo y ultra-selectiva. Nos acordamos de lo justo y necesario, especialmente de lo que dictan los medios y muy especialmente de lo que nos conviene. De lo otro tratamos hasta de borrar toda huella, no vaya a ser cosa que nos condene.

Los argentinos somos más papistas que el papa. Somos campeones en defender lo indefendible, aunque también afortunadamente podemos defender las causas imposibles. Esa dualidad nos divide dolorosamente, como un trastorno bipolar a una persona. Incluso con todas las evidencias en contra, somos ultradefensores de causas perdidas. Pero lo peor de todo es que no le aflojamos ni siquiera cuando eso significa nuestra propia destrucción. Es como el orgullo boludo, nos gusta morir con las botas puestas. Eso sí, siempre y cuando lleguemos a la última instancia, porque siempre que podemos zafar yendo para donde nos lleve la corriente lo hacemos, tal como decía en el párrafo anterior.

Los argentinos nos sentimos orgullosos de nuestros fanatismos. Eso sí, lo nuestro nada tiene que ver con tradiciones milenarias ni centenarias, sino más bien con lo que dicta la sociedad. Por eso somos fanáticos de algún equipo de fútbol, del asado, del fernet con coca, de los celulares, del feisbu y del guasap. Lo demás entra en la categoría de hobbie o, si es alguna causa solidaria con el resto de la existencia, extremista.

Los argentinos nos creemos los mejores del mundo, aunque en el fondo sabemos muy bien que somos tallados por la misma madera. Ni hablar de que en el fondo somos tan pelotudos como los de cualquier otro país, cometimos atrocidades y nos jodieron como a cualquiera. Pero gracias a la memoria que mencioné antes mantenemos esta creencia: eso nos deja en el primer puesto de necios o, como nos gusta decir por acá, de pelotudos.

Los argentinos siempre tenemos la mira puesta en el primer mundo. Ya sea para admirarlo y desear ser parte de él, ya sea para criticarlo furiosa y desmedidamente destilando nuestro veneno. En el fondo, calculo que nos come la envidia, pero obviamente ninguno te la va a querer reconocer. Eso sí, por las dudas aclaramos nuestra ascendencia europea, no vaya a ser cosa que nos confundan con esos indios que andan reclamando por ahí.

Los argentinos vivimos en una tierra de ensueño, uno de los tantos paraísos de este bello planeta. Sin embargo, hacemos lo imposible por destruirla, no dudamos en traer a las fuerzas más destructivas para que hagan la faena. No vaya a ser cosa que alguno se avive y nos señale después con el dedo, no. Si algo malo pasa, por ejemplo un derrame de millones de litros de cianuro en un río, o niños con malformaciones congénitas por exposición al glifosato, la culpa es de la empresa extranjera, nunca de los cómplices locales. Eso sí, nos encanta andar disfrazados de gauchos y gritar a viva voz el amor por la patria.

Los argentinos somos tribus muy gregarias, nos encanta andar en manadas, pero como siempre necesitamos algún pastor que nos guíe, que nos diga cómo vivir, qué hacer con nuestras vidas, aunque siempre nos conduzca finalmente al matadero. Por eso es que nos integramos en rebaños. Una vez dentro de la seguridad de éste, nos encanta disfrazarnos de oveja negra como para crearnos la ilusión de que no somos un número más. Ya aclaré anteriormente que somos campeones del auto-engaño.

Los argentinos somos los más corajudos, siempre que tengamos el sartén por el mango. Muy a diferencia de nuestros hermanos los charrúas o yoruguas, quienes son auténticos valientes y aguerridos, nos hacemos los valientes con los más débiles, especialmente cuando salimos a la calle con nuestras camionetas o autos nuevos y nos cruzamos esos negros de mierda en moto o bicicleta, y mientras nos preguntamos cómo puede ser que les permitan circular nos cruzamos de carril porque no nos importa tirarles el vehículo encima a gente semejante, que se compren un auto y se dejen de joder.

Los argentinos somos hipócritas. Nos encanta quedar bien con todo el mundo y dejar siempre una buena imagen, que es lo que realmente importa. Nos rompemos las vestiduras por personas a las que ni visitamos en vida, especialmente cuando ya han muerto, y nos horrorizamos con quienes no se suman a la procesión de hipócritas que juran amarlos por siempre.

Los argentinos amamos los cuentos chinos, en realidad nos encanta que nos verseen, como buenos verseros que somos. Como nuestra realidad es aburrida y no nos interesa la verdad, nos pasamos dando charla a cuanta persona se nos cruce, especialmente si es del otro sexo y somos hombres. Por cierto, acá los hombres somos re-buenos con las mujeres, pero por las dudas preferimos que se queden en casa, no vaya a ser cosa que les pase algo malo. A veces las mujeres se olvidan de ser buenas argentinas y nos dicen verdades a la cara o, peor aún, osan abandonarnos, o irse con otro sinvergüenza. Entonces ahí les damos un correctivo como nos enseñaron de chiquitos, para que aprendan. Pero igual las perdonamos y hasta más de uno vamos a las marchas por sus derechos, para que vean cómo las tenemos en cuenta.

Los argentinos amamos a nuestros hijos. Por eso les compramos toda porquería que imponga el mercado. Como laburamos tantas horas para pagar toda esa mierda, no tenemos tiempo para pasar con ellos, pero lo solucionamos fácil dándoles lo que nos piden. Intentamos ponerles límites, pero nos agarra la culpa de no estar casi nunca así que terminamos siempre haciendo lo que ellos quieren. De paso disfrutamos nosotros también de nuestra segunda infancia. Eso sí, cuando ya de más grande comienzan a hacer cagadas mayúsculas, nos acordamos de la sociedad y de los medios que los corrompieron. Porque los chicos no tuvieron otra opción que sentarse a mirar tele y hacer esas cosas que le parecen copadas a los de su edad, que a su vez lo canta algún tarado que hace rato ya no tiene esa edad y se llena de plata y de droga llenándoles la cabeza a quienes les den cabida.


Los argentinos nunca tenemos la culpa de nada. Siempre la culpa es de otro y si no hay otro, de alguna entidad, como la sociedad, los medios, el sistema. Es probable que tenga mi cuota de responsabilidad en lo que me pasa, pero siempre va a ser mínima, insignificante. Por eso nos pasamos buscando culpables: ¿Quién fue? una típica pregunta argentina, la primera que surge antes de ¿qué pasó? ¿por qué? ¿para qué? y otras que en el fondo no sirven más que para hacernos problema al pedo.

Los argentinos somos muy democráticos. Especialmente cuando se trata de defender ideas, argumentos, nada mejor que utilizar la salida democrática: ¿cuántos a favor? Porque la verdad está en la mayoría y las mayorías nunca se equivocan. Bueno, salvo cuando me contradicen y no me conviene, ahí me acuerdo que cada regla, cada generalidad tiene su excepción y que quizás sea mejor contrastar con la realidad, investigar, darle algún cŕedito a la ciencia. Que sirvan para algo esos que se la pasan todo el día al pedo en un laboratorio.

Los argentinos tenemos mucho, mucho miedo. Ya lo dijo el poeta Luca Prodan, cuidado con el temor. Pero como somos campeones en no escuchar y hacer todo lo contrario, estamos cada vez más tecnos. En un último intento desesperado de salvataje, nos vendimos a la tecnología. De tanto perder la fe en las personas y como el problema es el otro, nada mejor que recurrir a objetos inanimados e inofensivos para suplir tales falencias. Nos encerramos en nuestras casas tratando de estar a salvo de las hordas delincuentes y drogadictas que asolan el país. Afortunadamente existen feisbu, wasap, yutuv así nos entretenemos y no pensamos más que en las típicas boludeces que nos alejan de la angustia existencial, que para sufrir ya habrá tiempo. Eso sí, cada vez más sufrimos de ataques de pánico, fobias, TOCs, brotes psicóticos, trastornos de ansiedad, estrés, ...