miércoles, 1 de julio de 2015

el debate de la educación implica un debate social

Acontinuación, comparto mi respuesta a una carta enviada por una colega docente con motivo de una reunión donde se planteaba debatir la situación actual docente. Por respeto a ella es que no cito su nombre ni su carta, pero a través de mi respuesta se puede entreveer la tónica de la misma, además incluyo algunas citas a partes que creí importantes.

En primer lugar, me encanta el análisis que haces sobre nuestra situación frente a los cambios propuestos, que lamentablemente COINTINÚAN VINIENDO DESDE ARRIBA. Se nos consultó para la elaboración de la Ley Nacional de Educación, sí, pero las propuestas de cambio siguen bajando JERÁRQUICAMENTE. Al parecer los docentes no podemos o no sabemos proponer cambios, bah, está claro que esto es mentira pues tanto en tu escrito como en el mío hay propuestas, no sólo expresión de deseos o de ideas.
Siguiendo en esta línea, me siento muy identificado con tu descripción de la situación docente, este párrafo pinta lo que estamos notando los docentes en las dos últimas décadas:

"ESTA sociedad integrada por sujetos con derechos y obligaciones, EMPIEZA A PERFILAR ALGUNOS CAMBIOS, SUJETOS CON TODOS LOS DERECHOS Y SUJETOS CON TODAS LAS OBLIGACIONES, COMO POR Ejemplo los docentes que es lo que en este momento nos interesa, cuyos derechos cada día se van diluyendo sutilmente hasta CORRER EL RIESGO DE DESAPARECER , derechos que no son adquiridos de un día para otro, pasan muchos años para ser adquiridos, y muchas veces se pueden perder en un segundo."
Es decir, podemos discutir si esto es cierto, pero lo que no se puede negar es que ésta es una percepción del grueso de los docentes, por múltiples causas (la avanzada de un gobierno que se atornilla en el poder, los gremialistas puestos al servicio de esos gobernantes y no de los docentes, parte de la sociedad que pretende tratarnos como sus peones, padres que aprovechan la avanzada de los derechos de los niños para hacer un mal uso de ellos, etc)

La próxima parte donde describís tan patente al docente actual, como una persona común con necesidades básicas y cada vez con más exigencias y menos retribuciones, deduciendo de esto lo siguiente: 
"Entonces el trabajo entendido como un medio para dignificar nuestra vida se transforma en un fin. Y el concepto de justicia que estamos buscando se empieza a resquebrajar."
Está muy claro, no podemos ser máquinas, herramientas de un sistema. Ante todo, somos personas. Pero en esta manía de buscar héroes o, peor aún, salvadores y mártires abnegados a una causa, les hemos tirado todo el peso a la Educación y explícitamente depositamos toda la responsabilidad en los docentes. Erigimos al docente como el gran salvador de la sociedad, el protagonista de la transformación social, sin siquiera ponernos de acuerdo en qué queremos cambiar y qué pretendemos lograr con estos cambios. No hay consenso social. Es la cruda realidad. la sociedad está partida en mil fragmentos, mal que le quepa a una pretendida reorganización nacional de la mano del kirchnerismo hoy todavía seguimos divididos como sociedad. En el plano de la educación esto es patente, basta ver las enormes diferencias entre la educación privada y la educación pública para darnos cuenta de la avanzada de la primera sobre la última. En nuestra provincia, como en tantas otras, existe una enorme complicidad para que esto suceda, de la mano de la Iglesia Católica (recordemos que la mayoría de las escuelas privadas tienen una filiación católica) quien en Río Cuarto se dió el lujo de correr a dos escuelas públicas en una sola movida (desplazando al secundario público J. B. Dichiara al lugar que ocupara la escuela primaria pública San Martín para erigir, en su lugar, un instituto privado) mientras el Estado Provincial sigue subvencionándolas (por empezar, les paga el sueldo a los docentes, pero además ha contribuido en numerosas obras también) cuando debiera ocuparse de la Educación PÚBLICA.

Por otro lado, con el mismo discurso del protagonismo en la transformación social el Estado deposita CONSCIENTEMENTE tareas ajenas en el ámbito educativo. El PaiCor es uno de los ejemplos más viejos, donde se vé patente la política asistencialista llevada al extremo de controlar las raciones entregadas solamente a quienes sean beneficiarios, designados en muchos casos de formas poco claras (quizás no suceda en nuestra escuela, pero he visto quedarse afuera a   varios alumnos que lo necesitaban en otros colegios) y rompiendo un rito tan necesario como el de compartir una comida con la familia e incluso, en última instancia, con sus pares y los docentes, quienes también tienen la entrada prohibida al comedor de PaiCor.
Los programas y becas donde se les entrega dinero directamente a la familia sin siquiera una rendición de cuentas, es decir, una dádiva lisa y llanamente, fomentando el asistencialismo y el clientelismo. ¿Quién no vió a las punteras políticas de De La Sota por la escuela? ¿Te acuerdas de la famosa carta entregada en un acto a De La Sota por una puntera, mediante la cual pedían la cabeza de la directora de entonces? Yo presencié la llegada de una "alta" autoridad, un director general si mal no recuerdo, quien literalmente patoteó a la directora, como si fuera un barrabrava (estamos hablando de una de las autoridades máximas en materia de Educación) ¿qué podemos esperar con autoridades como esas? He visto Inspectoras cuyo vocabulario nomás dejaba entreveer que únicamente podrían ocupar ese puesto a dedo, vestidas como si fueran una personalidad famosa o de la alta sociedad, con esos típicos perfumes franceses carísimos (aunque la mona se vista de seda, mona queda) tanto en las protestas de la citada escuela primaria San Martín como en otros acontecimientos donde me las cruzara. Este año me sentí afortunado por cruzarme con una inspectora concursada que al menos sabía cuál era su rol (de mando) y lo interpretaba a la perfección.
Sí, lo primero que noté al comenzar esta labor y tener contacto con las autoridades es la TREMENDA VERTICALIDAD, digna más bien de una nación belicosa o de tendencia fascista. En realidad, tras esa mascarada de humo que es la imagen de ambos gobernadores que tuvimos se esconde el autoritarismo propio de políticos personalistas, que pertenecen a organizaciones políticas con una estructura pro-fascista. Hay un líder, un caudillo, y una férrea línea de mando. Es que cuando no se puede ganar la autoridad mediante los argumentos, mediante las propias prácticas, no queda alternativa. Estamos en un punto crítico donde este viejo modelo de llevar adelante las políticas, en este caso públicas, se rebate en sus últimos manotazos por subsistir ante el avance implacable de la colaboración y el trabajo en red, más propio de los tiempos que corren de la mano de las redes sociales.
Se vienen tiempos donde las figuras paternalistas cederán su lugar al gran héroe colectivo, casi anónimo, expresado a través del poder cada vez mayor de las mencionadas redes. Esto es sólo el principio y si no lo queremos ver, si no lo queremos aceptar será nuestro problema, pues el mundo seguirá adelante. Por eso es clave comprender este proceso de cambio, al menos en lo escencial, ya que acarrea innumerables consecuencias. La sociedad misma está inmersa en un proceso de cambio del cual no es consciente sino en sus detalles a la vista, como si se tratase de un gigantesco iceberg del cual sólo flota un pequeñísimo pedazo.
Esto está generándonos problemas de todo tipo, como es de preveer, ya que no estamos preparados para un cambio semejante. La tecnología está siendo utilizada como punta de lanza de estos cambios, pero en realidad es como una creación que se les ha escapado de las manos por quienes pretenden manejar el entramado mundial a partir de la economía.
Basta con repasar la historia humana para darse cuenta la brutal aceleración que sufrieron los cambios tecnológicos, imposibilitando la adecuada asimilación por parte de la humanidad. Ciertamente, no estuvimos preparados para semejantes cambios y menos ahora. Sin embargo, llegamos a un punto límite, comenzamos a percibir fatales consecuencias de nuestro accionar y de a poco (como debe ser, a nuestro verdadero tiempo) vamos tomando consciencia de nuestra responsabilidad total en esos desastres y en los futuros, de no cambiar nuestro curso.
Todo esto no está llevando a bajar varios cambios, a darnos cuenta que estamos dominados por nuestras propias invenciones, a las que creamos para supuestamente dominar a la naturaleza, terrible paradoja esta.
Esto se aplica especialmente en nuestra vida cotidiana, hay una necesidad de bajar los decibeles (aunque siga habiendo gente que necesite hacer más ruido) de frenar el consumo (aunque siga habiendo gente consumista) de buscar nuestros tiempos (aunque siga habiendo seres que traten de mantenerse ocupados todo el tiempo) de valorar lo más simple (aunque se insista en complicarnos cada vez más la vida).
Una grieta se abrió para dar paso a este nueva oleada de aire fresco, tan necesaria. Como siempre, al principio la miramos con desconfianza, con temor, tan acostumbrados a ser presa de él. Pero al cabo de un tiempo desde que esto viene sucediendo, ya su voz suena más nítida entre las estridencias oficiales, entre las propuestas de estandarización del mercado, de subyugarse a su caprichosa corriente de un sólo sentido. Está llegando a cada orden, cada espacio vital que ocupamos los seres humanos. Se mete hasta con cuestiones que ni se nos hubiesen ocurrido tiempo atrás, verdaderamente no dejan de sorprender a una sociedad que creía haber perdido la capacidad de asombro. Y como todo cambio en la humanidad, va a exigir un nuevo ordenamiento en todos los niveles de nuestra existencia. La educación, como es de esperar, no está ajena de ello. Sin embargo, quienes debieran ser los encargados de acompañarnos en este proceso son quienes se empecinan en boicotearlo. Insisten con la uniformidad (por ejemplo, sancionando una ley nacional de educación), con la tecnología (por ejemplo, con el envío de millones de netbook) con la contención como fin último (entendida como asistencia a un lugar particular, ) cuando el mundo comienza a despegarse del lugar físico para depositarse en las conexiones, las redes, en definitiva las relaciones humanas. Esta última analogía debería abrirnos la cabeza acerca de la importancia de nuestras relaciones, de cómo y para qué nos relacionamos, pues nos acerca a la escencia misma del ser humano. 
Pensar este contexto ¿qué lugar le queda a la escuela? no puede ser tomado tan a la ligera como lo hacen los supuestos inspiradores de los docentes, esos teóricos escritores compulsivos a los que sistemáticamente mandaría a dar clases antes de oírles decir o leerles escribir algo más. Es que esta realidad los ha desbordado, como a todos, pero especialmente a ellos que tienen una concepción que deciden defender a rajatabla. Entonces, cualquier análisis que hagan está sesgado de antemano por este interés, peor que un prejuicio. Y quien vaya de la mano de los cambios lo huele al primer intento, los ve venir y no puede menos que decepcionarse, pues en ellos están depositados las responsabilidades de generar nuevas ideas o al menos de analizar lo que nos pasa. Nuevamente, un modelo obsoleto que llega a su fin, el de los popes o gurúes de la educación, deberá dejar su lugar, como mencionamos anteriormente, a la participación colectiva. Hoy todos somos partícipes necesarios, a la vez que nadie es imprescindible. Más aún con algo tan sensible como la educación, la cual -cada vez más se torna evidente- ES TAREA DE TODOS.
Habrá que parar la pelota, habrá que barajar y dar de nuevo, habrá que darnos la posibilidad de reflexionar sobre esto que nos sucede ahora, dejar de patear para adelante antes que sea demasiado tarde. Caso contrario, la institución educativa se verá reducida a un mero validador de conocimientos y competencias, o quizás ni eso. Sabemos de sobra que la educación puede llevarse adelante SIN la escuela, especialmente en una época que nos brinda tantos recursos. No me gustaría estar en unos años refiriéndome a la muerte de la escuela, pero es una posibilidad que antes parecía improbable y ahora comienza a ganar una escasa chance, aumentando a medida que pasa el tiempo y seguimos insistiendo con lo mismo. Hoy por hoy las escuelas se sostienen por la obligatoriedad y en el caso de escuelas puntuales, como las urbano-marginales, por la necesidad de un espacio de socialización con ciertas características que no encuentran en su propio entorno. Esto nos genera una falsa sensación de seguridad, como si la escuela misma no se viera amenazada en su concepción actual, sin embargo esto dista mucho de ser verdad. Más tarde o más temprano se harán oir las voces reclamando otra escuela, más acorde a las realidades en las cuales se encuentran insertas. En ese sentido, no debería extrañarnos ser ecos de cada vez más reclamos, los cuales deberíamos recoger para plantearnos u debate hacia adentro y hacia afuera de la institución educativa, a la vez que señalamos a los responsables a los cuales deben dirigirse los reclamos. Aún hoy cuesta reconocer a las autoridades provinciales como los responsables de las políticas educativas por parte de la comunidad y más de una vez se ensañan con las autoridades o los docentes de la escuela en particular. Las recientes tomas de varios colegios en la ciudad son señales inequívocas de un cambio necesario en ese sentido, abriendo un camino por el cual van a seguir transitando las expresiones de la comunidad educativa. Recordemos que en todas ellas lo docentes se eximen de participar, aún cuando las compartan, por las sanciones que le caben. Un excelente ejemplo de cómo la comunidad educativa se las va ingeniando para hacerse oír, aún cuando se amordace a actores tan importantes como los docentes.
Pero el debate social sigue ausente, como si aún no hubiéramos llegado al punto límite que nos obligue a ello. Lamentable conducta social la nuestra, esperando que la soga nos llegue al cuello para recién ahí reaccionar, probablemente de la peor manera. Una cuenta pendiente importante como sociedad, entonces, es dejar de esquivarle al bulto y hacernos cargo de lo que nos pasa. Dejar de ignorarlo, de mirar para otro lado, porque nos terminará estallando en la cara. Sino basta recordar lo sucedido con los bolivianos meses atrás, un tremendo debate social que nunca se había dado y que debió darse mucho antes y que trajo consecuencias fatales. Hay muchas cuentas pendientes, la terrible discriminación que salió a la luz en ese entonces no es más que la sombra de la estigmatización de sectores sociales enteros, como el caso del barrio Alberdi, por citar sólo un ejemplo. La hipocresía social tiene plena vigencia en nuestra ciudad y en muchas otras localidades de nuestra provincia, sin embargo se da por sobreentendido, casi naturalizándolo, que es lo peor que podemos hacer. Algo parecido a lo que hicimos con la violencia y que recién ahora está saliendo a la luz. O de las tremendas diferencias socio-económicas. En fin, hay muchas más, imaginémos entonces cuál será el lugar de la educación en esta lista de debates pendientes.

Queda claro, entonces, que nuestra institución educativa es una más entre las demás instituciones de cuya labor depende nuestra sociedad. Será cuestión de revisar cómo se aborda en la práctica esta cuestión de "transformar la sociedad". Por lo pronto, como ya mostré anteriormente, veo una insistencia en el asistencialismo como solucionador de problemas sociales, algo que a todas luces no puede seguir sucediendo si de veras pretendemos transformar algo. ¿Cómo vamos a transformar, a cambiar si nuestras acciones políticas van dirigidas a sostener lo existente? Porque si hay algo a lo que contribuye el asistencialismo es a emparchar, a brindar una solución pasajera, un remiendo, pero se torna algo "provisorio para siempre". Uno de los grandes males argentinos, debiera decir. Lo atamos con alambre y lo dejamos así nomás, como si eso fuera la solución definitiva.
Planes sociales, programas e incluso la Asignación Universal por Hijo no son más que paliativos, no proponen ni podrán brindar una SOLUCIÓN DE FONDO. Es algo para salir del paso, para dar un auxilio ante la urgencia.
Pero no se puede vivir en estado de emergencia. Eso es lo que nos pasa como sociedad. Debemos romper este círculo vicioso de las urgencias y poner las fichas donde corresponde, en las soluciones estables. O bien el beneficiario encuentra un trabajo digno con el cual subsistir o bien cuenta con un impedimento y deberá recibir una pensión. Ahora continuar percibiendo el cobro de un plan es indigno, no sólo por el monto irrisorio, sino porque detiene a la persona involucrada en un estado de inmovilidad. Algo parecido a lo que nos pasa con el desempleo, porque tienen la misma raíz. Las personas necesitamos ganarnos dignamente el pan, como se solía decir, y eso no es posible a través de estas políticas asistencialistas. De más está decir que no estoy de acuerdo con estas políticas porque son sostenidas en el tiempo y sin reemplazo digno alguno.
Es claro también que hay un rédito político en todo esto que  a su vez le da un carácter perverso: el clientelismo manifiesto con el que se manejan los planes nos muestran las verdaderas intenciones: no se trata de solucionar problemas sino de aprovecharse de los necesitados para tener una población cautiva a la cual manejar políticamente. Entonces, todos estos políticos son los responsables de este clientelismo y del sostenimiento del asistencialismo, pues lo usan impunemente para su propio beneficio.
Por otro lado, nuestra nación se caracteriza por una ausencia total del Estado en todo lo referente al control. Imagínense por un momento que se propusiera brindar una verdadera política social de asistencia. la misma exige algún tipo de control para poder llevarse adelante con relativo éxito. Hoy por hoy cualquiera que pueda tener hijos puede hacer prácticamente cualquier cosa con ellos, como si fuesen su propiedad. De hecho, se concibe a los hijos como una propiedad de los padres, aunque a la hora de responder por sus actos poco se les exige en la práctica: no recuerdo caso alguno de padre o madre que vaya a la cárcel o se vea penado por algún crimen cometido por su hijo o hija menores de edad. Para ser honestos, existe un vacío enorme, no sólo legal sino también político e incluso de consideración social. Nadie parece interesarse demasiado por estas cuestiones, salvo algún docente que es testigo del abandono o el maltrato recibido por algún alumno o alumna. Poco se puede hacer en esos casos y existe otro enorme vacío, con el cual perdemos todos, especialmente los niños.
¿El Estado? Ausente.
Al parecer la concepción liberal se hizo carne en nuestra cultura y somos libres de hacer con nuestros hijos lo que nos plazca. Como si esos mismos hijos no fueran parte de la sociedad, no actuaran en ella o sus acciones pudieran arrojar consecuencias considerables. Peor aún, esto no garantiza siquiera el respeto a los derechos de los niños, ¿acaso no es el Estado el garante de derechos? Sin embargo, hasta queno suceden hechos lamentables reiterados, hasta que no es demasiado tarde, el Estado no actúa. No me canso de repetir, existe un vacío enorme que ni aún las ONGs, fundaciones y demás asociaciones civiles no consiguen llenar ni les compete. Como decía anteriormente, es algo que noté también a los pocos años de ser docente y es algo que denuncié e incluso me atreví a proponer soluciones cuando se nos consultó para elaborar la Ley Nacional de Educación. Por supuesto, todo cayó en saco roto, prometieron formar un gabinete de especialistas por escuela que en Córdoba no existe (solamente hay un gabinete por jurisdicción, algo sencillamente bochornoso frente a la gran demanda existente en las escuelas) pero así se hubiera implementado adecuadamente esto dista años luz de brindar soluciones. Nuevamente se vé aquí está concepción de escuela salvadora, que en Córdoba no es más que verso, tirándole a la escuela la cuestión social.
Los problemas mencionados anteriormente no deben ser abordados ni por la institución educativa, ni por alguna institución de salud ni por la justicia, ni por un ministerio de trabajo: requieren de su PROPIA INSTITUCIÓN, quien por supuesto se vinculará con las mencionadas. Necesitamos una verdadera institución que aborde la problemática de la asistencia social, que de por tierra con el asistencialismo y se encargue finalmente de coordinar las políticas públicas necesarias para brindar verdaderas soluciones.
Esto no es un invento mío, es lo que sucede en los países donde se tomó en serio esto de abordar los problemas sociales. La escuela no tiene nada que hacer en estas cuestiones pues su meta es otra: brindar la posibilidad de formación avalada por el Estado. Por eso no es posible hablar de educación sin abordar estos temas, están íntimamente ligados en nuestra realidad argentina. Padece de los mismos males que nuestra nación, en este caso de la ausencia de control ylo que este control -bien entendido- trae: previsión y prevención. Con la salud ocurre lo mismo. No hay políticas públicas de prevención pero sí campañas obligatorias de vacunación, por dar un ejemplo. Mientras tanto los docentes sacan cada vez más carpetas médicas y licencias psiquiátricas.
La ausencia de políticas públicas en este sentido hacen caer en saco roto todos los intentos por mejorar la educación y me atrevo a decir que seguirán condenando al fracaso a futuros intentos que no los contemplen. Por eso es también nuestro deber exigir el tratamiento de estas cuestiones y en todo caso abrir el debate de estos temas. Sin un debate profundo de los temas candentes es absurdo pretender cualquier mejora, aunque los cambios ya estén en marcha. Es hora de ponerlos sobre el tapete, de proponerlos como parte de la agenda, como gustan decir en estos días.