lunes, 22 de junio de 2015

Deconstruyendo el mito de la voluntad

Es muy gracioso que a veces llegue el momento de ponerme a escribir y finalmente me diga: "de todo lo que considero que podría escribir ¿qué considero que vale realmente la pena? ¿qué está relacionado con la temática propuesta en este blog?" Porque luego de varias búsquedas por la web, lecturas muy interesantes tanto en revistas como en páginas especializadas como así también en otros blogs me decanté siempre por algo que surge de mi vida cotidiana, pero especialmente de lo que plantean personas que me cruzo a diario. Ellas, claro, distan de saber tanto como yo que serán las musas inspiradoras de un nuevo artículo, así como ignoramos ser protagonistas de alguna situación que se tornará en anecdótica por designio de sus observadores.
En fin, no puedo dejar de mencionar lo que les sucede con respecto a mi dieta particular a varias personas cuando de los diálogos surgen conceptos que trascienden lo meramente nutricional y se trasladan a cuestiones más universales y, quizás, interesantes. Por caso toco el tema de la voluntad pues parece haber una especie de dictamen general mediante el cual uno queda excento de llevar adelante un proceso de cambio, aún planteado en forma gradual con metas muy simples, por el sólo hecho de padecer la "falta de voluntad". Esto me generó (y me genera) siempre algo de ruido en mi cabeza, hay algo en ello que no me cierra, que no me convence para nada, que me huele fuerte a excusa, esa vil excusa que nos metemos en realidad a nosotros mismos para seguirnos engañándonos de que todo está bien así como está y que no me voy a cansar de asociar con un tinte mediocre de humanidad.
Así que me lo tomé finalmente un poco más en serio y empecé por preguntarme ¿qué significa voluntad? Es decir, entiendo que me quieran decir que algo les falta, lo cual tampoco doy por sentado, pero ¿a qué nos referimos con voluntad? ¿podemos hablar tan livianamente de voluntad en cualquier contexto y meter así esa frase tan trillada?

Porque además es ya una constumbre lanzar esa frase como para dar por terminada la conversación, como si ya nada quedara por hacer. Es más, al escucharla más y más siento levantarse muros infranqueables frente a mí, cada vez más fortalecidos, extensos, inescalables. Ya forman una muralla que podría verse desde la órbita terrestre desafiando la mismísima Muralla China. Una imagen escalofriante para muchos que se planteen derribarlos, pero simplemente patética para quienes acostumbren desarmar muros, pieza a pieza.
A la primera búsqueda, apareció mostrando su ascendencia latina, voluntas, voluntatis. Esto la asocia con querer algo, con desearlo. Sin embargo, a continuación refiere al uso que se aplica a un vocablo similar, voluntario, e inmediatamente aparece otra invitada especial, la libertad, trayendo de una mano a la posibilidad de elección y a la facultad de decidir en la otra. ¡Ahí está! Por algo me hacía ruido este uso de la palabra, la trampa tan ingeniosamente dispuesta por los prodigios de la mente comenzaba a develarse.
 Bueno, me tomé nuevamente el trabajo de investigar un poco más sobre la "falta de voluntad", incluso encontré un artículo que me llamó la atención porque justamente estaba asociado a la nutrición. Es un excelente ejemplo de cómo nuestros prejuicios actúan sobre nosotros generándonos la sensación de "seguridad de saber" y cuán poco podemos considerar asociado al tema, es decir, nos muestra cómo sesgamos la información reduciéndola solamente a aquella que "no me hace ruido", "culturalmente aceptada" y nos recuerda también que las definiciones  o los conceptos son en realidad tan sólo un punto de partida.
Por lo tanto, no es mi intención formar una defición o un concepto definitivo dado que esto sencillamente es imposible, afortunadamente. Es un alivio saber que podemos cambiar los significados puesto que estos a su vez otorgan sentido a nuestra existencia, siempre tan dinámica, tan dispuesta al cambio aún contra nuestra voluntad. Hay una suerte de duelo, de dialéctica si se quiere, mediante la cual vamos interactuando con el mundo que nos rodea, el cual no sólo cambia sino que nos propone, de diferentes maneras, que cambiemos. A veces, las que menos percibimos porque la mayor parte del tiempo estamos atentos a otras cuestiones, nos invita, nos sugiere, como cuando un mozo te entrega la carta. Otras, más frecuentes por las mismas razones, nos sacude, nos presiona un poco, de manera tal que con el mínimo esfuerzo lo percibimos. Finalmente, sin mediar explicación, nos pega una soberbia cachetada, de esas memorables, aleccionadoras. Qué lindo si al menos uno aprendiera realmente la lección aunque fuera de la forma más lamentable. Pero lamentablemente la misma persona que manifiesta carecer de voluntad posee una férrea, al parecer inagotable energía disponible para boicotear sistemáticamente todo intento de cambio al respecto. La mente, como aún hoy nos sucede, no deja de maravillarnos con sus imbrincadas y misteriosas jugarretas, y nos deja pagando como Messi a un defensor incauto.
Basta recordar la idea de redes neuronales para formarse una muy estrecha imagen de lo que sucede en nuestras fascinantes cabecitas. Las investigaciones actuales no dejan de aportar nuevos conocimientos y de darle giros inesperados a los conceptos previos, así de poco conocemos nuestra mente. Yo cada día le tomo un respeto cada vez mayor, pues es increíble lo que puede llegar a hacer.

En este caso, en mi propia cabeza me hace ruido esta idea de la falta de voluntad, como seguramente a cualquiera que la ha enfrentado y ha logrado vencer sus barreras. Es que es otro artificio más de nuestra mente, la cual al parecer a veces se toma demasiado en serio la eficiencia y torna ley sagrada eso del mínimo esfuerzo, auyentando todo lo que nos demande un cambio superior al umbral establecido. Es más, como será de poderosa que a mí mismo me llevó a escribir este artículo cuando até, probablemente sin tener consciencia de ello, varios cabos sueltos que tenía. Por ejemplo, durante una charla a la que asistí hace poco me atrajo poderosamente la atención el concepto de "tolerancia a la frustración". Antes de ponerme a escribir este artículo, también me vinieron ganas de investigar un poco sobre algo que suele sucederme, la manía de fallar en actos cotidianos simples a los cuales evidentemente les presto poca atención, como por ejemplo olvidarme de llevar algo que había preparado minutos antes y darme cuenta de ello al salir -lo cual hace que periódicamente vuelva sobre mis pasos abriendo puertas que acabo de cerrar con llave.
En fin, lo importante es que al plantear de forma burda la búsqueda voy a dar con un artículo sobre la procrastinación, esa manía de patear para adelante lo que tenemos que hacer. Claro está, no es lo que estoy buscando, pero al leer sobre el tema descubro que me lleva derechito al tema de la voluntad. Lo mismo pasa con el tema de la tolerancia a la frustración, resulta ser un elemento clave para la voluntad. ¿simple casualidad? claro que no, al igual que es cierto que ambos temas me llevan también a otros temas diferentes, pero claramente mi cerebro busca la asociación de conceptos para facilitarme la vida y no irme interminablemente por las ramas.
Queda latente que la falta de voluntad es un problema abordado desde múltiples miradas y con diferentes metas, dada su importancia práctica a la hora de llevar adelantes nuestras acciones.

Entonces, ¿donde está la trampa?

Bueno, si alguno se perdió en este recorrido, este es  el momento clave para recapitular.
La definición misma, esa que en definitiva aceptamos a priori, nos habla de querer, desear. Relaciona a la voluntad con el deseo, pero nos oculta otro aspecto contrapuesto, el poder. Me acabo de acordar de otro, el deber.  Es decir, cada vez que hablamos de desear algo, no sólo entran en juego nuestras sensaciones, nuestros sentimientos sino también nuestra propia percepción acerca de lo que puedo y lo que debo hacer. En la medida que ignoramos estos aspectos seguimos presos de nuestros prejuicios y nos predisponemos a bloquear cualquier intento de cambio. Todo va a ir por sus carriles corrientes mientras no se presente tal amenaza, pero en cuanto ésta se avizora en el horizonte, ni bien se asome nuestra querida mente acudirá "al rescate", aunque en este caso meta la pata.
¿podemos hablar de auténtica libertad en este caso?
Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia, especialmente en esta época de elecciones.
¿podemos hablar de libertad cuando realmente no nos permitimos auténticas opciones?
Cuando escribo auténticas me refiero justamente al significado de alter-nativas, de que sean diferentes.

Entonces llego a la parte más visible, más (sobre) valorada: la facultad de decisión.
En este punto es donde nos despachamos a gusto y nos sentimos satisfechos luego de habernos tragado el anzuelo. Aquí no necesitamos alterar nada porque la farsa ya está planteada, es más, necesitamos volver lo más genuino posible este aspecto precisamente para darle mayor credibilidad a la faena. ¡Qué nadie se vea privado de su facultad para decidir!
Lo importante es que creamos sinceramente que nos basta con ella para tomar decisiones. Así nuestra suerte está echada, a patadas.

Voluntarioso, entonces, es alguien que se permite dudar de lo que cree, tanto de su deber ser como de su propio poder. Es alguien que se permite otros puntos de vista, que se atreve a revisar en su fuero interno algo que puede mejorar. Es alguien que se atreve a pensar que puede mejorar. Alguien que, evidentemente, se arma del coraje necesario para acometer una nueva empresa, un nuevo desafío. Alguien que se anima a jugársela a través de territorios desconocidos, que no sólo no teme a la aventura sino que le tiene cierto aprecio. Alguien que se enciende simplemente al percibirse en medio de ella. Alguie que se atreve a cruzar las fronteras de lo ordinario y sortear las embravecidas aguas de lo extraordinario. Pero por sobre todo, alguien que se anima a hacer oídos sordos frente al griterío que lo increpa para permanecer donde está, que le hablará de locura, repetirá lugares comunes, insistirá con la verdad ciega de la mediocridad y no dudará en recurrir a la más baja vulgaridad y se atreve a escuchar otras voces diferentes, a indagarse más allá de lo que le dicen los demás, a escuchar finalmente su propia voz, esa voz interior que amordazamos mediante la dictadura de la aceptación social.
Entonces la voluntad se torna en un acto que refleja nuestro coraje por sobre la cobardía de la sumisión a lo establecido, que necesita imperiosamente construirse palmo a palmo, día a día soportando la terrible tempestad que desata alrededor, aprendiendo a sobrellevarla hasta lograr capear el temporal. Es un sacrificio que necesitamos realizar de esa falsa comodidad que nos brinda una sociedad planificada para el consumo, cultora del mínimo esfuerzo y la conformidad. Es un goce, un verdadero disfrute de la vida en toda su dimensión e intensidad.

miércoles, 17 de junio de 2015

Fútbol, ese infalible termómetro argentino

Anoche repasaba los motivos de por qué es interesante analizar el fenómeno del fútbol en nuestro país, especialmente lo que provoca en las personas y en lo colectivo. Al ser un deporte tan popular y de mucha raigambre social se torna un fiel representante argentino, es decir, un verdadero termómetro social. Detrás de esas disputas sinsentido, de antagonismos existentes o fabulados, de exaltaciones y denostaciones a rabiar se esconden las raíces de nuestras propias virtudes y miserias, tanto a nivel individual como a nivel colectivo.
La oportunidad histórica de tener dos referentes argentinos considerados a su tiempo como los mejores jugadores de fútbol del mundo no escapa a este planteo, es más, nos brinda el lujo de ver cómo nos comportamos ante un fenómeno tan particular.
Pocos son conscientes del privilegio al que asistimos generacionalmente en este rubro, al punto de contar con miles que han visto brillar a ambos. Imaginémosnos que es imposible lograr lo mismo con Distéfano, por poner otro ejemplo.
El argentino tiene esa manía de comparar todo el tiempo, nos inculcan desde chicos esta cuestión de estar midiendo todo, incluso lo inconmesurable; de estar comparándolo todo, incluso lo incomparable.
Si realizamos un análisis frío vemos que los jugadores no sólo se pueden clasificar por el puesto asignado en la cancha sino también por las características que cuentan como jugadores. Es decir, entre centrodelanteros, arqueros o volantes existen variantes que definen también el rol del jugador en la cancha. Esto vuelve caprichoso la comparación realizada entre jugadores que ocupan el mismo lugar o posición dentro del campo de juego. Peor aún si lo que pretendemos comparar es a dos jugadores por el sólo hecho de ser catalogados como los mejores del mundo. Ya pasó por ejemplo con Maradona y Pelé, algo ridículo puesto que ni siquiera compartían puesto ni características similares. Es como querer comparar a Johan Cruyff con Mario Kempes, un absurdo total. Lo mismo sucede con esta manía de comparar a Maradona con Messi, pero lo interesante no es solamente demostrar lo absurdo de la comparación, sino de mostrar por qué se los compara, o mejor aún, que se esconde detrás de esa comparación.

Ayer veía una viñeta humorística de Jericles, un grande del humor riocuartense, en la cual con gran maestría sacaba a relucir este concepto simplemente con mostrar el ánimo del argentino promedio al terminar el primer tiempo y luego de finalizar el partido contra Paraguay. Cómo se deja llevar por las pasiones ciegamente, de la total idolatría a la aberración más profunda en cuestión de minutos, algo más propio de un berrinche infantil que de personas adultas. Cómo se deja arrastrar por el exitismo más banal y superfluo en lugar de disfrutar la posibilidad histórica de contar nuevamente con el mejor jugador del mundo entre sus filas, rodeado de no pocos excepcionales jugadores de elevadísimo nivel y enfrentándose a rivales de jerarquía similar. ¿Por qué nos cuesta tanto disfrutar? Tuve la fortuna de ver tanto el partido Argentina-Paraguay como el de anoche, Argentina-Uruguay y como pocas veces puedo decir que dieron un gran espectáculo (excepto por ciertos gestos de violencia en el enfrentamiento contra Uruguay, algo a mejorar es justamente no confundir la "garra", el brindarse al máximo con la agresión violenta) demostrando el excelente nivel americano en el fútbol (y digo americano porque hoy hasta Jamaica juega bien al fútbol) e incluso puedo decir que mejor que lo visto en la Copa del Mundo de Brasil (y las anteriores, donde tenés un partido bueno cada cuatro) por lo cual debería ser un motivo de gozo, de alegría entre tantas otras que lamentablemente generan lo contrario a diario.